domingo, 25 de septiembre de 2016

GABRIEL AMORTH

GABRIEL AMORTH











Quienes siguen este blog ya conocen mi afición por las necrológicas de los periódicos de mi ciudad del mismo modo que Sherlock Holmes lo era  de la sección de crímenes y sucesos y otros de los resultados del fútbol, de la crónica de sociedad o –por difícil que sea de creer- de la política y sus tediosos vericuetos y acaecidos. Normalmente, el repaso de esquelas y obituarios en el periódico local que consulto en el bar con el café o la cerveza da poco de sí. Es curioso pero, a pesar de que a todos nos ocurre una vez en la vida, casi nunca muere alguien de interés: que si tus hijos y nietos no te olvidan, que si viuda de su Ilustrísima Fulanito de Tal, Magistrado de la Audiencia, de noventa y muchos años de edad,  que si «ha faltat Josep LLopis, el benvolgut “Pepet el Correger”» y cosas así.
El otro día me encontré, en cambio, en la sección de Obituarios el anuncio de la muerte de un peso pesado que a la edad de 91 años había sido llamado a la vera de dios padre. Se trataba ni más ni menos que la persona del sacerdote Gabriel Amorth. ¿Sus credenciales? Exorcista del Vaticano y de la Diócesis de Roma desde 1990, fundador de la AIE (Asociación Internacional de Exorcistas) que cuenta con 250 exorcistas en 30 países y ejecutor (según el pequeño texto que acompañaba la noticia) de más de 70.000 exorcismos llevados a cabo en su larga vida profesional.

Aturdido  por la cifra tiro mano de boli y servilleta de bar: a un exorcismo diario, trabajando todos los días del año incluyendo Nochebuena, Año Nuevo, la Virgen de Agosto  (Ferragosto romano, en que en la ciudad no quedan sino turistas con o sin demonio dentro)… necesitaría 192 años para llegar a esa cifra. En el caso de hacer dos diarios se podría apañar con sólo 96 años de ejercicio… No sigo. La cosa no tiene ni pies ni cabeza. ¿Han visto ustedes la película de El Exorcista? ¿Se imaginan lo que sería hacer cuatro o cinco de esas actuaciones, cuando no ocho o nueve, “todos” los días del año, incluyendo los días de dolor de muelas o gripe?  Lo dicho: ni pies ni cabeza. Y, ¿de dónde salen tantos endemoniados? ¿Han visto ustedes alguno en carne y hueso? Y no valen los tipos como  Don Cicuta o Jesús Gil, que en gloria estén.

Pero mis pensamientos no se quedan ahí, en los números, ya de por sí increíbles. Me asalta la duda metafísica de: ¿Se creería el hombre durante todos estos años lo que estaba haciendo? ¿Es posible que alguien pueda creer en el demonio (o los demonios) y hacer de ello su profesión y su modus vivendi? Entiéndanme: todos creemos en el mal y algunos llaman a eso demonio pero, ¿aún hay alguien que pueda creer en la existencia de un “ser” malvado, mosqueado con Dios Omnipotente que se introduce en el cuerpo y alma de algunos (al parecer al azar) y los vuelve en contra divina al tiempo que les hace levitar y tirar espumarajos por la boca? ¿No hemos quedado que Dios lo puede todo? ¿Por qué habría de permitirlo? ¿Cómo pueden estos tipos ir por ahí con un crucifijo espantado espíritus y tomarse a sí mismos en serio?  He buscado la biografía del sujeto en Internet,  he leído alguna entrevista concedida por él y he decidido incluir algunos de sus hechos y opiniones. Veamos:
Hizo su primer exorcismo en 1986 bajo la tutela del padre Cándido Amantini, su maestro.

Criticó las novelas de Harry Potter declarando que “detrás de Harry Potter se oculta la firma del rey de la oscuridad, del diablo” ya que en estas novelas no aparece marcada la distinción entre lo blanco y lo negro y carecen de espiritualidad y religiosidad, pues “la magia es siempre una vuelta al diablo”. (No dice nada, que se sepa, del mago Tamariz)
Su película favorita según divulgó en una entrevista al London Sunday Telegraph es –cómo no El Exorcista, de la que el cura añade: "Por supuesto, los efectos son exagerados, pero es un buen filme, y exacto sustancialmente, basado en una notable novela que refleja una historia verdadera."
Ha escrito tres libros: Un exorcista cuenta su historia, Un exorcista: más historias y Más fuertes que el mal, hecho que yo desconocía, pero que, ahora que lo conozco, no descarto echar un vistazo a alguno si es que alguna vez cae uno en mis manos.
En una entrevista se le preguntó: “¿Cómo se da cuenta de que alguien está endemoniado?” “Lo sé durante la curación, no antes”, contestó el sacerdote. “Un síntoma inequívoco es la violentísima, visceral aversión hacia todo lo sagrado (…) Después está el hablar en lenguas desconocidas, la explosión de una fuerza sobrehumana, la levitación: todas son cosas que suceden durante los exorcismos”.
En  “Rugidos y Sollozos” (Alexander Smoltczyk/ Efe/ La Razón), el autor relata una actuación del cura en una iglesia romana tras lo cual anota las palabras del ejecutor con respecto a su modus operandi:“Lo primero que hago es preguntar al demonio cuál es su nombre. A menudo no quiere decirlo, pues se vuelve más vulnerable. No hay que hacerle nunca preguntas estúpidas, como si la Roma ganará al Lacio. Sólo preguntas directamente relacionadas con la curación del poseído. Así, que, primero el nombre; luego el día de entrada en el cuerpo, los motivos y quién lo envía”, explica el exorcista; lo cual me llama la atención. ¿No habíamos quedado que es el diablo? Pues, ¡quién lo va a enviar!

Y así, más o menos, todo. ¡Ah, olvidaba! Según el padre  Amorth la posesión demoníaca no es ni hereditaria ni contagiosa, gracias a dios. Pueden dar la mano a Trump (o a Sánchez) si se presenta la ocasión sin miedo al contagio. Pueden estar tranquilos.

Román Rubio
Septiembre 2016 

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