jueves, 29 de septiembre de 2016

HAIGHT- ASHBURY

HAIGHT- ASHBURY


















If you’re going to San Francisco/ be sure to wear some flowers in your head
Si vas a San Francisco/ no dejes de ponerte flores en el pelo
Scott Mckenzie (1967)

Hay lugares en los que nunca ocurre nada y otros  mágicos en los que todo ocurre. Por los años en que Scott McKencie cantaba su homenaje al San Francisco del Summer of Love (El verano del amor) otro californiano -aunque si nos ponemos quisquillosos, McKencie no lo era-  Carlos Castaneda, predicaba  sobre los “sitios de poder”, aquellos lugares con vibraciones positivas o devastadoras que había aprendido en compañía del brujo indio Don Juan al tiempo que le daban al peyote. Era la época en que Alan Watts exploraba los límites de la percepción y el psiquiatra Timothy Leary y otros pregonaban  las bondades del LSD y otros alucinógenos, vehículos necesarios para tener una visión del mundo “completa”.

Si hoy vas a San Francisco probablemente no llevarás flores en el pelo pero si vas a mi pueblo en verano (no importa cuál sea mi pueblo, ocurre en muchos) es posible que te las pongas porque los jóvenes locales celebran la popular noche del “Frower Power”, la noche hippie que rememora el movimiento juvenil de los años 60 que logró parar una guerra y cambió tantas cosas en el mundo.

Si vas hoy a San Francisco seguramente verás el Golden Gate y Alcatraz, los leones marinos del Pier 39 de Fisherman’s Wharf, Chinatown y la empinada calle de Lombard Street. Seguramente te subirás a uno o dos tranvías (los corrientes street cars, que sirven para trasladarse y los pintorescos cable cars para goce de turistas) y harás una visita a Mission, el barrio más latino, y a Castro, el Chueca americano. Todas las guías te dirigirán también a un lugar anodino: la esquina de Haight y Ashbury, una humilde esquina como cualquier otra, la encrucijada de dos calles de casas victorianas sin nada especial y quizás te preguntes: ¿Qué hago yo aquí, en una calle como tantas otras de la ciudad? ¿Cómo tantas otras? Bueno, no. Allí, a 25 metros de la esquina vivió Jimmy Hendrix en  1967 y un poco más allá Janis Joplin; y Grateful Dead y Jefferson Airplane y los amigos que venían a tocar o de visita desde Oackland, al otro lado de la bahía, como Credence Clearwater Revival, desde Minnesota, como Dylan, desde Londres  y… en fin, todos o casi todos los músicos de la escena pop y rock del momento.

Pero no sólo por sus músicos se hizo famoso el barrio de Haights, en la línea de tranvía que une el Golden Gate Park con Market Street, en el centro. El barrio, poco a poco abandonado por las clases medias en su éxodo hacia los suburbios iba siendo ocupado por los miembros de la generación beat que venían huyendo de los altos precios que empezaban a pagar por sus alojamientos en la zona de North Beach, con vistas al Golden Gate. Allí, en el más barato céntrico barrio empezaron a llegar músicos, artistas y gentes de toda condición mientras se fraguaba un nuevo movimiento que acabaría llamándose la generación hippie.
The Diggers era una comunidad anarquista conocida por sus actuaciones teatrales en la calle. Establecieron en el barrio una tienda de productos gratuitos, un comedor de comidas gratuitas y un dispensario médico gratuito todo ello operado por voluntarios y donantes.
El punto álgido del lugar se vivió en el verano de 1967 conocido como The Summer of Love en el que se celebró el festival de Monterrey al que asistieron unas 50.000 personas y al que se considera precursor de los masivos Woodstock  y Isle of Wight, celebrados en años posteriores y que contó con las actuaciones de Hendrix, The Who, Joplin, Otis Reding y otros muchos; The Kinks, Donovan y los Rolling Stones no pudieron obtener sus visas de entrada en los Estados Unidos y Dylan estaba convaleciente de un accidente de moto.

La sede de la revista Rolling Stones (trasladada después a Nueva York) y los populares reportajes de Times Magazine “The Hippies: Phylosophy of a subculture” y de CBS “The Hippie Temptation” junto con el festival de música celebrado del 16 al 18 de junio de 1967 tuvieron tal capacidad de convocatoria que se calcula que más de 100.000 jóvenes de todo el mundo acudieron al barrio y a la ciudad en busca de experiencias creando  un deterioro enorme y rapidísimo en el área. La superpoblación, la indigencia, el hambre, la delincuencia y los problemas con las drogas afectaron letalmente al barrio hasta el punto de que el 6 de octubre de ese mismo año (1967) quienes quedaban allí escenificaron un funeral satírico declarando, como si de un entierro de la sardina se tratara, “The Death of the Hippie” (la muerte del/de lo hippie). Mary Kasper (todavía hoy una resistente)  realizó el  pronunciamiento:
“Hemos querido señalar que esto era el final ¡Quedaos donde estáis! ¡Llevad la revolución a donde quiera que viváis! No vengáis aquí porque el fenómeno está acabado.

Todo había durado unos meses (de mayo a octubre). Lo que había sido un fenómeno local nacido en dos calles de una ciudad del norte de California con veranos fríos y desapacibles a pesar de su reputación, se extendió a Carnaby y Piccadilly en Londres, al Barrio Latino en París, a Leidseplein y Red Light District en Amsterdam, a Kreuzberg en Berlín, a Ibiza, a Mikonos y a las fiestas de verano de mi pueblo. Y si vas a San Francisco y te llevan tus pies a visitar esa esquina anodina no dejes de  pensar que, a pesar de lo insignificante que parezca, allí nació todo; o una buena parte, al menos.

Román Rubio
Septiembre 2016

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