lunes, 12 de septiembre de 2016

SMART & ELEGANT

SMART & ELEGANT

Lo mejor del pequeño cochecito de Mercedes es, quizás, el hallazgo de marketing del nombre: SMART. La palabra smart, en inglés tiene varios significados pero dos principales. Si consultas el Oxford Dictionary of English (inglés británico) el primero es “elegante, distinguido” y el segundo “vivo, inteligente”. Si por el contrario consultas el Merriam Webster (inglés americano) el primer significado es el de listo, inteligente y el segundo o tercero elegante, distinguido; en ambos casos, los diccionarios reflejan la jerarquía semántica de uso del término en una y otra sociedad. En ambos lados del Atlántico significan las mismas cosas pero con la frecuencia cambiada. Ocurre algo así como con el correo y el cartero: te dicen que en América se dice mail y mailman y en Gran Bretaña post y postman hasta que descubres que The Postman Always Ring Twice (El cartero siempre llama dos veces) es una conocida novela americana de James M. Cain llevada al cine  y en la que Jack Nicholson y Jessica Lange protagonizan memorables escenas tórridas, de manera significativa la de la mesa de la cocina.

La palabra elegant, en inglés, también tiene dos significados: el primero, obvio, es “elegante”; el segundo es “claro y simple”. En su segunda acepción se usa para describir ideas, teorías o planes capaces de describir, explicar, exponer o razonar algo complejo de manera sencilla, concisa y clara. El más claro ejemplo que he podido encontrar de teoría científica con una “elegant simplicity” es la formulación relativista de Einstein E=mc2     que establece la relación proporcional directa entre la energía (E), la masa (m) y una constante (c) que representa la velocidad de la luz elevada al cuadrado. No voy a explicar las implicaciones de la teoría (de la fórmula, más bien) puesto que se me escapan. Sólo diré que permitió, por ejemplo, extender la ley de conservación de la energía a fenómenos como la desintegración radiactiva.

¿Cuál es la grandeza (the elegance, según la lengua inglesa) del conocido enunciado sino su simplicidad? Imagínense que se tratara de una larga y complicada fórmula matemática que incluyera sumatorios, signos de derivadas y raíces cuadradas o cúbicas en denominadores de fracción. Con su complejidad se perdería la elegancia de la fórmula: para la mayoría de nosotros no sería más que un incomprensible batiburrillo de complicados números y signos abstractos para explicar otro batiburrillo incomprensible de hechos abstractos; pero no: la genialidad de Einstein consiste en ser capaz de explicar fenómenos complejos con una formulita que parece inventada por un chico de bachiller (y no el más listo de la clase).

Y es que, se trata de eso: de resumir, de simplificar, de hacer fácil lo difícil. Ésa es la cualidad del genio, no la de apabullar al personal con el blablablá de la jerga profesional incomprensible.
Admitamos, pues, que es prerrogativa de los tontos y de los genios expresar ideas simples: de los tontos porque no llegan (no llegamos) a más y de los genios porque la naturaleza les ha dotado con esa extraordinaria capacidad de síntesis, de hacer fácil lo difícil.
Voy a expresar una idea simple: como tonto o como genio, no lo sé: “que las multinacionales paguen impuestos en cada país con arreglo a sus ganancias en el mismo y según la tarifa local”. ¿Me he explicado bien? ¿Hay alguna parte de la proposición que no se entienda? Si es así, ¿cuál es? Si usted es una empresa que hace, digamos, camiones y gana en Kazajistan 16 millones de euros en un año, deberá pagar allí el porcentaje que el país disponga para beneficios empresariales; y en Francia lo que tengan legislado los franceses. Y si le parecen muy altos los impuestos allí y no gana usted lo que quisiera, pues suba los precios o no venda en el país.  Punto.

Todo esto viene a cuento a propósito de la noticia que ha saltado últimamente a los periódicos y que leo con pasmo. Según El País del sábado “Bruselas dio hace poco una dentellada de 13.000 millones a Apple por sus amaños en Irlanda, que le permitían pagar menos del 1% de impuestos”. Sabíamos que Irlanda lleva a cabo el “dumping” financiero y que aplicaba unos impuestos por beneficios a las empresas muy inferiores a otros países del entorno con el objeto de atraer a las multinacionales a su territorio. Me parece bien: si quieren cobrar menos que los demás y les va bien, allá ellos; si no fuera por eso y por el idioma no iría nadie allí con el clima tan húmedo y desapacible que tienen y el ridículo empeño en “no” parecerse a los ingleses. Incluso si quieren cobrar menos del 1% de impuesto de Sociedades que lo hagan, pero de la facturación de la multinacional en Irlanda, no en España, Francia o Portugal.

Parece simple, ¿verdad? ¿A que lo entienden? ¿Qué hay, pues, de complicado en ello? Pues, a pesar de la simplicidad de la propuesta, parece que los problemillas técnicos se convierten en insalvables montañas. En asuntos de dineros el lenguaje es tan complejo y los intereses tan dispares y fuertes que, al contrario que Einstein, los másteres en las Escuelas de Negocios de Harvard y Columbia parecen especialistas en convertir en difícil y complejo lo fácil y simple. Al contrario que los genios. Y que los tontos.

Román Rubio
Septiembre 2016 

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