lunes, 24 de octubre de 2016

EL BANCO MALO DE LAS PALABRAS

EL BANCO MALO DE LAS PALABRAS











Lo dijo Juncker el otro día: “Europa debe defender sus intereses industriales, necesitamos instrumentos de defensa” -refiriéndose al hecho de que los EEUU cargan unos aranceles del 256% al acero chino mientras los europeos “solo” el 25%- lo que  pone de los nervios entre otros a los valones, que están hasta los otros balones de que les cierren las fábricas y se las lleven al Lejano Este. O algo así. No me hagan mucho caso porque no estoy muy puesto en el asunto. Y continúa Juncker: ”Es importante distinguir entre protección y proteccionismo, pero hay que buscar formas de proteger nuestros intereses”. Se dan cuenta del mensaje, ¿no? Para usted y para mí, las dos cosas significan lo mismo: que hay que imponer aranceles a ciertos productos que vienen de otros lugares o limitar la importación para poder mantener los empleos de aquí. Pero el asunto es que el luxemburgués es un liberal y como tal tiene terminantemente prohibido usar la palabra “proteccionismo” que es anatema en la biblia de los liberales. Por lo tanto puedo aumentar los aranceles de productos extranjeros para “proteger” la industria europea pero no puedo aumentarlos en la misma cuantía como medida “proteccionista”. Me entienden, ¿verdad?

Al leer la noticia me vino la idea: hay que crear un banco malo de las palabras de la misma manera que se creó uno ad hoc en el que reunir a todos los activos tóxicos de la banca. ¿Que tiene usted una deuda incobrable o un solar que nadie quiere y que en su día se valoró por una ridículamente enorme e impagable cantidad? Pues no se preocupe: al banco malo. Lo mismo podemos hacer con las palabras. Lo inauguraremos con “proteccionismo” (hachazo a la economía de mercado). No se preocupe. Si hay que poner aranceles, les llamamos protección y a otra cosa.
Tengo otra para el banco malo: nacionalista. Todos sabemos que significa lo mismo que patriota. Agustina de Aragón, Daoiz y Velarde, Juana de Arco… no eran nacionalistas, ¡qué va! Eran patriotas como El Palleter. De modo que si nos referimos asuntos de exclusión de los demás, demarcación de diferencias con el forastero, construcción de muros ideológicos, lingüísticos y de hormigón, recelos del vecino, xenofobia y/o paternalismo le llamamos nacionalista y lo enviamos al banco malo. Si aludimos al hecho de sacrificio desinteresado y valiente por el bien común, amor por los tuyos más allá del entorno familiar y de clan le damos el apelativo de patriota y asunto concluido. El hecho de que tipos como Mas, Junqueras o el mismo Pujol sean patriotas o nacionalistas según de qué lado del Ebro se les mire no deja de ser una menudencia que no va a estropear nuestro argumento. Además eso ya se vivió con aquello de los Comuneros en Castilla y las Germanías en Valencia.

Hay estadistas que ejercen con solvencia su papel de liderazgo pero cuando no nos conviene lo que dicen, al liderazgo le llamamos populismo. ¿Churchill?, ¿De Gaule? Líderes. ¿Castro, Maduro? Populistas. El hecho de que todos ellos digan al pueblo lo que este quiere oír (De Gaulle convenció a los franceses de que todos habían sido de la Resistencia, que ya es convencer) parece que no es suficiente para hacerlos líderes. Si no nos conviene, al liderazgo le llamamos populismo, tiramos la palabra al banco de los activos tóxicos y aquí paz y después gloria.

La alcaldesa de mi ciudad (me resisto a despojarla del título tras tantos años) acostumbraba a alojarse en hoteles de 500 pavos la noche -por supuesto, para representar dignamente al pueblo valenciano-. ¿Por qué si no? ¡Con lo bien que dicen que se está en los Hostels! Para ella era dignidad lo que otros veíamos como despilfarro y abogábamos por tener unos gobernantes que aplicaran modestia en la gestión. La alcaldesa nos previno en cambio contra la cutrería que viene. De modo que rescatamos dignidad y modestia para el diccionario bueno y mandamos al infierno del librucho despilfarro y cutrería y nos alojamos donde nos da la gana con el dinero del contribuyente.
Si es usted progresista –y hasta si es conservador- aún guarda usted cierta dignidad, que se encargarán sus rivales y enemigos de socavarla con los términos facha y progre, o aún peor, perroflauta o fascista. En un pueblo de pobres como era en el que me crié gustábamos de llamarnos modestos y a los que tenían una posición desahogada, ricos o ricachones. A veces es conveniente saber decir no, o eso dicen las páginas de psicología y autoayuda de los magazines: a esto se le llama ser asertivo, que está muy bien y que es lo  mismo que ser borde pero en bueno, aunque Zapatero se pasaba de bueno a buenista, palabra que no está en el diccionario pero sí en el  banco malo. El tardofranquismo en el que me crié era una sociedad paternalista a la que muchos gustaba de llamarle paternal y protectora (que no proteccionista) en la que la raya entre la libertad y el libertinaje estaba siempre en boca de curas, maestros, medios de comunicación y público en general. Era libertinaje no ir a misa los domingos, esconderse para no besar la mano del cura, ver imágenes de chicas en bikini, pedir mejora salarial, cuestionarse la autoridad del Gobernador Civil con bigotito y, por supuesto, pedir elecciones. Como para Mariano, que está harto, el pobre.

Román Rubio
Octubre 2016

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