martes, 15 de noviembre de 2016

THE ESTABLISHMENT

THE ESTABLISHMENT













Hillary era la candidata del “establishment” o del “Establishment” porque es palabra que, en inglés, también se usa con mayúscula, en tanto que el candidato electo, Trump, lo era del pueblo y así jugó su baza. Trump proclamó a menudo durante su campaña estar a gusto entre la gente blanca sencilla y poco formada, amenazada por el dumping salarial, con seguro médico precario y pocos estudios. El hecho de que fuera millonario no parecía ser un problema para sus seguidores que veían en él a un igual en todo lo demás, especialmente en lo que a formación se refiere. ¿Qué es, pues para los anglosajones, el establishment? Pues, más o menos, lo mismo que para nosotros “la casta”, que tan acertadamente sacaron a la palestra los de Podemos: las élites establecidas que gobiernan la sociedad y que se protegen y luchan por perpetuarse en su prominencia.

Según el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa, establishment es, entre otras acepciones, “un grupo en una sociedad que ejerce el poder y la influencia en materia de política, opinión o gusto y que se percibe como resistente al cambio”. El Merriam-Webster (inglés americano) es en mi opinión más preciso, estableciendo que se trata de “un grupo de líderes políticos, sociales y económicos que constituyen una clase dominante (en una nación)”. En nuestra lengua no hay una palabra equivalente. Tendríamos que recurrir a expresiones como “clase dominante”, “élite dominante”, “oligarquía” o simplemente “elite”. “Casta”, que, entre otras cosas, significa para la RAE “ascendencia o linaje”, con su connotación negativa, endogámica y clasista parece ser un buen sustituto.

Aparte de quién sea o no el representante del establishment o del pueblo, hay algo en  el ideario social y político del pueblo americano que me resulta difícil de entender y es la resistencia feroz que la derecha sociológica, representada por el Partido Republicano, manifiesta en contra de una reforma sanitaria que incluya a todos. Parece ser que la primera medida del nuevo Presidente será la derogación del tímido intento, el Obamacare, de acoger a una parte de la población que no pertenece precisamente a la élite. Entiendo (aunque no comparto) su obstinación al fácil acceso a las armas que defienden y que habría de “facilitar” la defensa de familia y propiedad. El hecho de que también facilite la agresión al delincuente es harina de otro costal que parece no importarles tanto. ¡Allá ellos! Entiendo la religiosidad tozuda asociada con el culto a las armas. No somos los españoles precisamente  quienes nos asombremos de ver la Cruz y la Espada juntas. Entiendo (sin compartirlo) la creencia en la hegemonía de la raza blanca -o caucásica, como allí gustan llamarla-; al fin y al cabo, soy europeo. Pero no me cuadra el hecho de que sea ese segmento de la población el que se niegue ferozmente a incluir a la totalidad en el paraguas sanitario, contraviniendo todas y cada una de las normas de la casa de la Cruz (y hasta de la sidra) que me enseñaron en el Catecismo. ¿Cómo argumentan estos tipos la negación de auxilio sanitario a millones de ciudadanos mientras cantan salmos bíblicos a ritmo de Gospel los domingos mientras otros, Demócratas liberales, muchos de ellos agnósticos o directamente ateos, claman una y otra vez por la inclusión del hermano pobre y desamparado en el sistema? Un enigma.

Hace unos días leí la historia de Francisco Luzón, prócer de la élite bancaria española, jubilado con una gratificación de 32 millones de euros limpios al que se le diagnosticó la temida ELA. En la actualidad, la enfermedad, implacable, ya le ha  privado del habla. Cuenta el hombre que nadie está preparado para un diagnóstico como ese y que al principio de conocerlo, se hizo tratar por la medicina privada aquí y en EEUU para acabar siendo atendido por el Hospital Público Carlos III de Madrid,  del que opina que con la ayuda necesaria podría ser un centro puntero a nivel mundial. No sé si eso cuadra o no con las enseñanzas de Jesucristo, pero el hecho de que de que en este país cualquier persona, sea el que sea su estatus económico, tenga acceso a la misma atención que el poderoso y rico banquero, es lo correcto. Diga lo que diga la Iglesia del Último Tupé.


Román Rubio
Noviembre 2016 

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