martes, 22 de noviembre de 2016

TIERRA DE NADIE

TIERRA DE NADIE














Lo oí en el programa de Wyoming, en la sección en que Thais Villas sale a los mercados. Me disgustan los programas de entrevistas callejeras. La gente “normal”, cuya opinión me importa un bledo, se comporta de manera poco natural cuando le ponen un micrófono y una cámara delante y dicen las sandeces más falsamente ingeniosas de que son capaces. Y si no logran decir lo más estúpido que se les ocurre, para eso está la edición.

En esta ocasión, el mercado era de Zaragoza, de modo que puse oído avizor como cada vez que salen los micrófonos de la calle Preciados y se disponen a entrevistar a un auténtico maño, gaditano o de Ferrol, no porque crea que vayan a decir algo interesante, sino para escuchar alguno de los atrayentes acentos de España, fuera de ese uniforme sonsonete que se gasta por Madrid y que se extiende como mancha de aceite. No tuve suerte; cada vez el acento es menos marcado, más neutro, más RNE. En fin, ¿qué le vamos a hacer? Llegará el día que nos suenen igual los del Puerto de Santa María  que los de Getafe.

El tipo llevaba una gorra como de escay y ante la pregunta de qué haría si tuviera tanto dinero como Trump, dijo que se compraría una finca muy grande para no tener que salir de allí. Allí podía tener “mujeres y de todo lo que hiciera falta” y poder hacer así lo que le diera la gana. Muy bien, ¡viva la libertad! ¿Y qué es lo que al tipo le puede dar la gana que tiene que hacerlo en terreno de su propiedad? A ver, es posible que al pensionista aragonés de gorra de plástico pueda tener costumbres peculiares como la de… ¿correr desnudo a la luz de la luna al tiempo que aúlla como un lobo? Por decir algo raro. Pues bien, no hace falta hacerlo en el Paseo de la Independencia. En Zaragoza, ciudad situada en el límite del páramo, es muy fácil: te vas hasta la última casa, te despojas de tus vestimentas y a correr y aullar como un poseso por el erial.

Lo que quiero resaltar del testimonio del simpático aragonés es el hecho de que quería hacerlo en terreno de “su” propiedad, en “su” finca, lo suficientemente grande como para no tener que salir nunca. Y ahí es donde el testimonio despertó al viejo marxista que aún pervive dentro de mí. El hombre no expresaba sólo un canto a la libertad, con el que soy solidario, sino a la propiedad, con lo que no lo soy tanto. Que corra desnudo y aúlle cuanto quiera (eso me lo he inventado en beneficio del argumento), pero que deje la tierra para que todos podamos correr y aullar a la luz de la luna. ¿Me entienden?

Ese mismo día un barco de la Royal Navy hostigó a una embarcación española científica –jejeje- que andaba haciendo mediciones en aguas que ¡pertenecen! a Gibraltar, llegando hasta el punto de lanzar bengalas –Uuyyy qué miedo-.  ¿Pertenecen? ¿Desde cuándo las aguas pertenecen a alguien? Pregúntenselo a los atunes.

¡Qué mundo este! La propiedad de la tierra, que se ve como algo natural por quienes venimos de sociedades feudales, no lo es tanto. Los indios americanos veían con horror como los colonos europeos vallaban sus propiedades. Vale que seas dueño de las vacas o de las cosechas pero también de la tierra, y de los ríos, y del mar… ¡Están locos, estos romanos!
Locos o no, lo cierto es que los colonos vallaron el campo y así acabaron con los búfalos, que no se podían desplazar de un sitio a otro y con los indios que se vieron confinados en reservas y se convirtieron en alcohólicos y obesos mientras la élite de las colonas mantenían su estilizada  figura comiendo ensaladas de verduras orgánicas a 50 pavos el plato, regadas con zumos de apio, en los restaurantes de moda de Los Angeles.

Hay cosas que no tienen precio. Una es la “no” propiedad de la tierra. Por ejemplo: Un español –o checo o inglés, ya que nos ponemos- puede andar el litoral desde Port Bou a Ayamonte o de Irún a Tuy de manera libre, sin pisar terreno que pertenezca a nadie en particular, lleve o no gorra de escay, exceptuando las zonas portuarias, algunas de ellas sobredimensionadas. ¿Por qué creen que esto es así? Porque alguien, en algún momento entendió que la orilla del mar, a pesar de la codicia de muchos hoteleros y parceladores varios, pertenecía a todos y por lo tanto, a ninguno en particular y nació la Ley de Costas, marxista por excelencia, en cuanto a lo que a propiedad del territorio se refiere. Por esa razón podemos andar mojándonos los pies por las playas y los acantilados de España sin que nadie ponga una barrera ni cobre peaje. Y allí, ser feliz, infeliz, divertido, aburrido o aullador nocturno. Sin preocuparse de quien es el dueño.
Román Rubio
Noviembre 2016 

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