martes, 3 de enero de 2017

LA RETÓRICA DE LA PATRIA

LA RETÓRICA DE LA PATRIA
 “En continuación de las sagradas operaciones que el  Estado Islámico está llevando a cabo contra el protector de la cruz, Turquía…” 
De este  modo se arrogaba el ISIS la autoría del sangriento atentado de Estambul, envolviendo el horror en el celofán de las palabras. Las operaciones (los criminales atentados) se convierten en “sagradas operaciones”; se actúa no contra unas personas determinadas, que pueden ser –como de hecho fueron- de distintas nacionalidades. Se hace “contra el protector de la cruz”, castigando así la supuesta tolerancia de la nación turca con religiones distintas al islam. Más adelante, en el mismo comunicado, se dice: “un heroico soldado del califato golpeó uno de los más famosos clubs nocturnos donde los cristianos celebran su festivo apóstata”, como si hubiera constancia del hecho de que los asistentes a la fiesta del local fueran cristianos, ateos, budistas o musulmanes (buenos o malos).
Se trata del celofán de las palabras. De la retórica del discurso que envuelve las religiones y las patrias.

Cambiemos de registro: enciendan la radio un domingo por la mañana y hagan un barrido por las emisoras. No se detengan en ninguna y fíjense sólo en el tono. ¿A que adivinan enseguida cuál de ellas está emitiendo la misa? ¿Qué tienen los curas que suenan todos de la misma manera a la hora de repetir las fórmulas de la ceremonia o de pronunciar la homilía? ¿Enseñarán en el Seminario cómo hablar como un cura? Hasta el Papa tiene su particular sonsonete, diferenciado de el del cura, obispo o cardenal. Da igual la nacionalidad o la ideología: que sea polaco, argentino, alemán, italiano, conservador o progresista. Escuchen al Papa dando la bendición pascual y aunque no entiendan el mensaje sabrán que se trata del Papa. Por el tono y por el contenido. Las fórmulas de “misericordia divina” “redención” “rebaños” y “pastores” se repiten en las misivas cristianas del mismo modo que los términos “infiel”, “apóstata” y “creyente” en las musulmanas. Es curioso: todos hemos oído a los cristianos de la referirse a la formación “en valores” o “en principios” cuando hablan de la educación cristiana, como si los no creyentes fueran incapaces de tener valores o principios o estos fueran despreciables. O yo o el materialismo salvaje, rechazando que la compasión, la solidaridad y el amor al prójimo se puedan dar fuera de la cruz, cuando es precisamente en este contexto donde se da de manera más generosa, sin recompensa eterna. Tengo que reconocer, eso sí, que me encantó la explicación de la Iglesia ante la prohibición del esparcimiento de las cenizas de los muertos “para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista”. Ahí me han dado.

No sólo las religiones se sirven del celofán de la lengua. Recuerden los discursos patrióticos del franquismo o las larguísimas alocuciones de Castro al pueblo cubano y las fórmulas de unidad de destino en lo universal de unos y el veneno del imperialismo yankee para otros o rememoren aquellos comunicados de ETA producidas por encapuchados con el distinguible sonsonete y predecibles fórmulas sobre la sufrida y noble Euskal Herria y el malévolo y criminal nacionalismo español.

Además de los ámbitos políticos y religiosos, el lenguaje también se acomoda a contextos más triviales y comunes. Piensen en la megafonía del supermercado y su “señorita Maite, acuda a la caja número 3”. No sé si les ocurrirá como a mí, que siempre me pregunto por qué tienen que impostar un tono cada vez que cogen un micro. Es como si se propusieran poner voz de megafonía, lo que adquiere una categoría extrema en los aviones. Parece que el objetivo del mensaje no sea comunicar nada, excepto constatar el hecho de que estás en un avión, cosa que, por otra parte, ya sabíamos.

Y una vez identificadas las fórmulas y el sonsonete, cuidado cuando el mensaje habla de “heroicos soldados”, “apóstata”, “creyente” o proclaman la grandeza de algún ser superior. Peligro.

Román Rubio
Enero 2017 

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