martes, 3 de abril de 2018

LOS PERROS DE BENARÉS



LOS PERROS DE BENARÉS



En India, los perros -como las vacas- andan sueltos. En grupos o solos, andan de acá para allá o se tumban a la bartola en cualquier lado: en la cuneta, a la puerta de la tienda o en medio de la calle atestada de tráfico si les viene en gana. Y a nadie se le ocurre espantarlos con una patada o algún gesto más violento que el común bocinazo, como tampoco se hace con un mendigo o un santón de esos que parecen salir del Antiguo Testamento. Los perros no conocen ataduras ni collares. Vagan, fornican, duermen, buscan comida y sombra a su aire. A veces se tumban inmóviles en la calzada y es difícil determinar si están vivos o muertos hasta que el olor o la visita de los cuervos o las avispas entrando por los ojos delatan su estado de tránsito a la reencarnación. No conocen vacuna ni veterinario ni su cuerpo ha conocido el agua aparte del ocasional chapuzón en el riachuelo infecto o en el solo un poco menos infecto Ganges. Nadie les castra ni esteriliza y ni buscan ni huyen de la compañía del humano a quien ven como una criatura hermana de la creación.

El indio es enormemente respetuoso con la vida de los animales, por lo que el número de vegetarianos del país es muy alto. Los hindúes no comen vaca y los musulmanes no comen cerdo. Como son los dos grupos religiosos más numerosos del país parece que hay una entente cordiale de sacar el vacuno y el cerdo de las mesas y las carnicerías, reduciendo la gama al pollo, que muchos, ya puestos, excluyen de su dieta o lo toman en raras ocasiones.

En el extremo animalista de  la India se encuentran los más de cuatro millones de jansenistas. Estrictamente vegetarianos,  la vida de cualquier animal –hasta de los microbios- es igual de importante, cualquiera que sea su estatus en la escala zoológica. Limpian con escobones el terreno que van a pisar para no dañar la vida de los insectos, llevan mascarilla para no tragar involuntariamente mosquito alguno y prefieren comer frutos a otros alimentos cuya obtención suponga la muerte de la planta por lo que no comen nada que se críe por debajo de la tierra,  como patatas o cebollas.

En mi país la gente se atiborra de carne: vacas, cerdos, corderos, pollos y pavos son conducidos a miles diariamente a los mataderos y  los perros van siempre atados (a veces con longanizas) hasta el punto de que no conocen el mundo sin ataduras fuera de la casa. Se les lava regularmente con suaves champús y se les hace manicura, se les lleva al veterinario y tienen su cartilla de vacunación, como los niños (los de aquí, no los de la India). Se les da de comer una dieta equilibrada que incluye paella los domingos, se les castra o esteriliza sin su consentimiento y la mayoría muere sin conocer los arrebatos de la fornicación. También se les niega el derecho a la muerte natural. Para evitar el sufrimiento (mayormente del dueño, al verlo morir) se le administra la eutanasia sin necesidad de consentimiento  del interesado.

¿Y los humanos? A falta de una vida con sentido, los dueños de los perros, consumidores entusiastas de trankimacines y orfidales, parecen encontrarse en continua terapia. Y no me refiero a aquellos que lamentablemente están recibiendo las temidas quimio y radio, no. Hablo de los que reciben la hidroterapia de las aguas sin estar enfermos o son objeto de los placenteros beneficios de la talasoterapia (que viene a ser lo mismo, pero de mar), la  masoterapia de los masajes sin estar ni siquiera cansados, la aromaterapia de las esencias para regular el estado emocional (quebradizo, por lo general), las enigmáticas  chocoterapia (curación con chocolate) ¿?,  cromoterapia (curación con el uso del color) ¿?, crioterapia (uso del frío) o la equinoterapia o tratamiento por contacto con caballería.   Algunos otros se inclinan por la ozonoterapia para ver de sortear sus inconcretas aflicciones y otros por la musicoterapia (algo que ya sabíamos los de mi generación cuando nos encerrábamos tardes enteras en la habitación con el último de los Stones), o la risoterapia, que consiste, según creo, en reír y reír sin gana para obtener así el efecto catártico de la risa liberadora. En definitiva, comer sin hambre, beber sin sed, fornicar sin deseo y dormir sin sueño ni cansancio.

Y digo yo: si los perros de Benarés supieran de este mundo de amos en terapias varias, peluquerías, cadenas y collares, vacunas, comida segura, castraciones y eutanasia por decreto, ¿creen que se cambiarían? Quizá sí, pero no estoy seguro.

Román Rubio
Abril 2018

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