martes, 18 de diciembre de 2018

¿ME HAS LLAMADO NEBULOSA?


¿ME HAS LLAMADO NEBULOSA?




En la última cumbre europea se produjo una situación insólita y algo absurda. Theresa May se dirigió al presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker y con gesto ofendido y desafiante le espetó: “¿Qué me has llamado? ¿Me has llamado nebulosa?”. El luxemburgués le contestó que ni hablar, que no iba dirigido a ella, sino a las conversaciones, etc., etc. El presidente holandés, cualquiera que sea su nombre, intervino para desactivar lo que parecía que podía terminar en una bronca de bar. Pero ¿qué clase de insulto es ese? ¿Nebulosa? ¿Cómo se puede ofender alguien a quién otro llama nebulosa, por muy Primera Ministra del Reino Unido que sea? Y, visto desde el otro punto de vista ¿por qué llamar a alguien nebulosa a un ser como May que más parece un personaje de comic que uno real? Merkel es (y parece) una persona real. May más bien se asemeja a un híbrido entre El Buitre Buitaker y la Castafiore de los tebeos de Tintin expuesta a dieta severa.
Eso ni son insultos ni son nada. Nebulosa, ¿adónde iremos a parar? Imaginen a nuestro ayatolá del insulto, el turolense colérico Jiménez Losantos en un entorno como el de la cumbre europea. Si a uno de sus enemigos íntimos (señor Zarzalejos) le llamó “sicario”, “necio”, “inútil, “calvorota”, “torgo”, “detritus”, “escobilla para los restos”, “melón”, “zote”, “embustero”, “traidor”, “falsario”, “miserable”, “pobre enfermo”,” despojo intelectual”…, (a menudo, varias cosas juntas) y sobre el Ministro de Exteriores del gobierno socialista de la época, señor Moratinos, regalaba los oídos de sus oyentes con frases como: “es la nada con sobrepeso”, “ el holograma obeso de Zapatero”,” una nada con colesterol y alopécico”…, podemos imaginar los epítetos que sacaría de la chistera era para referirse a la premier británica.

No hace falta ser tan sofisticado en el insulto como expresaban Quevedo y Góngora con sus celebradas puyas:

Yo te untaré mis obras con tocino 
porque no me las muerdas, Gongorilla, 
perro de los ingenios de Castilla, 
docto en pullas, cual mozo de camino; 
Apenas hombre, sacerdote indino, 
que aprendiste sin cristus la cartilla;

Ni tan disparatado e inofensivo como Haddock, y sus:  
“Ectoplasma”, “extracto de hidrocarburo”, “filoxera”, “Mussolini de carnaval”, “patata”.

Pero tampoco obliga nadie a ser tan soso como lo son algunos en el parlamento español, que se limitan a llamarse fascistas unos a otros, lo que además de aburrido es inexacto y devalúa la palabra fascista trivializando el significado y el significante del término.
Cuando el señor Tardá llama fascista a Rivera sabe que está diciendo una tontería. Para ganarse uno el apelativo tiene que cumplir unas condiciones que Rivera no cumple, ni de lejos. En primer lugar, un fascista expresa su exaltación firme y continuada a la patria, lo que sí que se puede achacar al dirigente de ciudadanos. A los de ERC también, claro, pero eso es otra historia. Además, habría de tener una disposición revolucionaria, expresar culto a la autoridad, aprobar, ejercer y promulgar el uso de la violencia para conseguir el poder, abogar por la militarización y el uso de la fuerza, tener la convicción de la primacía de la raza o grupo étnico, ejercer la adoración a un líder o caudillo, y oponerse ciegamente al comunismo y a las fórmulas democráticas convencionales. Eso es ser fascista, señor Tardá. Rivera no lo es. Usted tampoco, por mucho que le llamen así a veces a usted y a los suyos. Lo de golpista ya… Otro día, quizá, hablaremos de eso.

Román Rubio
Diciembre 2018



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