viernes, 10 de abril de 2020

NORWEGIAN WOOD


NORWEGIAN WOOD




Norwegian Wood (This Bird Has Flown) —en español, Madera noruega (este pájaro ha volado)— es una canción de The Beatles que apareció en su álbum Rubber Soul de 1965. Nunca ha sido mi favorita. Tiene una cadencia blandita y está adornada por el acompañamiento de sitar por parte de George Harrison que nunca me terminó de entusiasmar. Lo que me llamó en su momento la atención fue la letra (el mensaje) y el título.

Va de un tipo (presumiblemente John Lennon, que fue quien la compuso) que se encuentra una noche en la habitación de una chica innombrada y están charlando y bebiendo vino hasta que a las dos de la madrugada ella le dice que hay que descansar para poder ir a trabajar al día siguiente. El autor, que esperaba otra cosa, se retira a gatas a la bañera para pasar lo que quedaba de noche.
A la mañana siguiente, y eso es lo intrigante, ocurre lo que sigue:

And when I awoke, I was alone, this bird had flown,
So, I lit a fire, isn’t it good, norwegian wood.
(Y cuando desperté, estaba solo, este pájaro había volado,
De modo que encendí un fuego, ¿no mola eso?, madera noruega).

Si lo interpretamos de manera literal (que es el lo más plausible), el autor, ofendido por la falta de recompensa, pega fuego al mobiliario o algo así, lo que no parece muy civilizado.
Pero, ¿por qué “madera noruega”? Al parecer, era común entre gente joven y/o de recursos limitados amueblar las habitaciones con paneles y  muebles baratos de madera de pino, a los que en Reino Unido se conocía como “madera noruega”.

Años después, Haruki Murakami utilizó el título para dar nombre a la que quizá es su novela más exitosa: Tokio Blues (Norwegian Wood), en referencia a la canción de The Beatles.

Hoy, gracias al confinamiento, tenemos la oportunidad de ver en las pantallas a la gente interviniendo desde el interior de sus casas. En gran parte se suele hacer desde el despacho o el rincón de trabajo, y una mayoría elige un fondo de libros para mostrarse en público. Y créanme: estoy en disposición de decir que el mundo se divide entre quienes tienen junto a su escritorio una librería Billy, de Ikea,  y quienes no, ganando los del primer grupo por goleada.

El contrapachapado sueco de Ikea parece haber sustituido a la Norwegian wood entre las clases medias occidentales. Solo un puñado de elegidos (Vargas Llosa, Marías…) muestran tras de sí sus magníficas librerías de roble a medida para recordar a los demás aquello de que “cuando seas padre comerás huevo”.

Pero exponerse con la biblioteca personal de fondo tiene sus riesgos. Los lomos de los libros son indiscretos y muestran en grandes letras títulos y autores, y esto puede matizar de manera indeseada la imagen de uno. Tan arriesgado es mostrar una librería compuesta de best sellers de dudosa calidad literaria como exhibir solo sesudos ensayos filosóficos y de historia del pensamiento. Y tanto dice de uno una librería en perfecto orden como una con los libros amontonados rellenando huecos.

Para ponerse a salvo de estos peligros, algunos han decidido huir de los traicioneros libros. Gabilondo, consciente de su proyección y prestigio, pronto abandonó la biblioteca en sus alocuciones caseras para utilizar como fondo su colección de CDs, escenario mucho más neutro y discreto, ya que, por el lomo de la carpeta, es imposible distinguir la colección de la Deutsche Grammophon de la de los éxitos de Manolo  Escobar o de la recopilación de marchas militares.

¿Y Évole? Ha resultado ser el más minimalista. Para sus intervenciones usa, sorprendentemente, el casi vacío como marco: una habitación despejada, una puerta, una ventana que da a una cocina… Ni un libro, ni un disco, ni un mueble, ni nada que pueda desvelar algo del personaje; solo su busto.

Quien esto escribe pasó de sus librerías de madera noruega a las flamantes Billy de contrachapado sueco en un intento de modernización, que no de mejora. Las de nogal —hoy más que nunca— son más quimera que otra cosa.
Román Rubio
Abril 2020

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