jueves, 15 de octubre de 2020

GENGIS KAN

 

GENGIS KAN



Andaba yo transitando por una calle de Mislata, que según la placa de la esquina se trataba ¡oh, sorpresa! de la calle Che Guevara, y me he hecho la pregunta: ¿Cuánto tiempo aguantará el nombre en el callejero? Probablemente hasta que haya un cambio de gobierno en el Ayuntamiento y/o el alcalde se sienta en la obligación de “hacer algo” sencillo, barato, efectista, polémico y, a ser posible, que no sirva para nada. En definitiva, algo que sea totalmente irrelevante en términos de bienestar de la ciudadanía.

El museo histórico del Château des Ducs de Bretagne de la ciudad de Nantes, en Francia, ha decidido cancelar la apertura de la exposición sobre el Emperador mongol Gengis Kan (1162-1227) por interferencias del gobierno chino a través de su embajada parisina. Se quejan los organizadores de que las autoridades chinas exigían que no se utilizaran ciertas palabras, entre las que se incluían “Gengis Kan”, “Imperio” y “Mongol” y querían también el control de los folletos, carteles y mapas de la exposición. Ya me dirán ustedes qué clase de exhibición se puede hacer en la que al Gran Kan se le llame por el nombre de pila, a los mongoles chinos desnaturalizados y al Imperio comoquiera que al Partido del Pueblo le parezca bien. Y todo ello debido al severo trato impuesto por el Régimen Comunista a la etnia mongol, que habita la región autónoma china de Mongolia Interior.

Lo cierto es que Temuyín (que así se llamaba el personaje antes de ser nombrado Gran Kan) construyó el segundo imperio más grande de la historia, que abarcaba desde la Europa del Este hasta el Pacífico, y desde Siberia a Mesopotamia, la India e Indonesia, incluyendo la totalidad de la actual China, lo que parece no ser del gusto del ideario del Partido Único. ¿Imperio has dicho? ¿Y además mongol? Imposible.

Hoy los imperios no están nada de moda: para forjarlos se necesitaban soldados, guerra y a menudo crueldad, con lo que muchos españoles, británicos y soviéticos reniegan del suyo y hasta Alejandro Magno y Napoleón, si vivieran, lo harían escondidos y avergonzados en algún rincón remoto a resguardo de los paparazzi, cual Teniente Coronel Tejero.

Así pues, como la historia no se puede cambiar, podemos, al menos, cambiar los nombres: al Imperio Español podríamos llamarlo, por ejemplo, Confederación de la Bota de Vino y el Pasodoble Torero; al Británico, Federación de Pueblos de la Taza de Té con el dedo Meñique Estirado; al Romano, Coalición de Naciones de Gladiadores contra Fieras; y al Soviético, Asociación de Pueblos de la Hoz que no corta y el Martillo que no clava ni un clavo. Al Yanqui, la Mancomunidad de la Hamburguesa y los Gordos en Carrito Eléctrico.

La cuestión es escribir la historia como querríamos que hubiera pasado. Los españoles se quieren quitar de encima los episodios de crueldad y avaricia con la misma fruición que los británicos, mientras que los portugueses y holandeses se quieren desprender del pasado esclavista, los alemanes de su demostrada belicosidad, los japoneses de sus turbios manejos coloniales y los chinos de cualquier cosa que fomente el orgullo étnico de cualquiera de los pueblos impuros que integran su territorio. Así de simple: ¿no me gusta? Pues niego que haya ocurrido.

De modo que, en un mundo empeñado en devolverle el nombre de Temuyín al Gran Kan de los Mongoles, ¿quién había de extrañarse de que a Largo Caballero y a Indalecio Prieto se les elimine del callejero de Madrid? En cuanto al Che Guevara, le queda de estar en Mislata lo que al PP en ganar la alcaldía. Ya lo verán.

Mientras tanto, pueden pasear por tan agradable vía bajo la custodia del guerrillero barbudo. Está junto al Parque de Cabecera, a pocos metros del aljibe-museo de Valencia.

 

Román Rubio

Octubre 2020


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