miércoles, 5 de mayo de 2021

MADRID, MADRID, MADRID (Oda a la vida retirada)

 

MADRID, MADRID, MADRID

(Oda a la vida retirada)


Si digo que me esperaba el resultado de las elecciones de Madrid corro el peligro de que se me diga aquello de “a toro pasado…”, pero es la verdad. Pese a huir como del diablo del debate madrileño, me topaba cada día con un montón de críticas feroces, burlas y ridiculizaciones de la candidata Ayuso, esa mujer “con su aire de peponcita del cine mudo, una pizca posmoderna”, como la describe Antonio Elorza en El País.

Tanto chiste, oprobio, mofa y befa escuché de ella que tuve claro que había de ganar con amplia mayoría, si no, ¿a qué venía tanto ruido?

Me sorprende que no lo tuvieran tan claro los  que parecen haber caído del guindo. Quienes viven en este lado del río solo reciben mensajes de la “prensa amiga”, escuchan las “emisoras amigas”, ven a Wyoming y se constituyen en grupos compactos en redes sociales en donde es casi imposible ver notas discordantes que les lleva a una visión con orejeras —esas viseras laterales que ponían a las caballerías para que miraran siempre al mismo lado—. Así, Ayuso se ridiculizaba y demonizaba tanto en esta parte del Danubio como crecía su aura en la otra.

¿Y qué ocurría allí, en la otra orilla? Pues, lo mismo: el rebaño leía sus periódicos, escuchaba a sus tertulianos y formaban sus grupos de facebook y wasap en donde corrían vídeos y memes de ministros, ministras y ministres hablando de niñas, niños y niñes atendidos por pedagogos, pedagogas y pedagogues, provocando el pasmo y la chirigota del personal.

Predecir el resultado era fácil y difícil a la vez: solo había que subirse a mitad del puente y contar las reses, pero, ay, también sabemos que la vista engaña y uno ve lo que quiere ver.  Ya lo dijo Groucho Marx: ¿a quién va usted a creer, señora, a mí o a sus propios ojos?

Lo siento por Gabilondo. Era mi candidato. Me gusta su disposición sosegada, su discurso argumentativo, su pragmatismo y su talante tranquilo, sin algaradas. Por los mismos motivos expresé mis preferencias por Ximo Puig y, en su día, por Rubalcaba o por Carmena. También por Angela Merkel —lo que me ha acarreado la crítica de algunos de mis lectores, que la tachan de azote de los pueblos del sur—.

No es tiempo, sin embargo, de aguas tranquilas ni de guarecerse de “aqueste mar tempestuoso”, como Fray Luís de León; son tiempos de embiste, ambición sin límites, patadas en los tobillos, exabruptos, eslogancillos fáciles y resultones, insultos y algaradas. Malos tiempos para el sosiego y los oyentes de Radio Clásica.

Y por el centro del cada vez más tumultuoso río, se ve pasar algún que otro cadáver. Hoy, el de Pablo Iglesias; ayer el de Albert Ribera, mañana… La corriente los arrastra a esa Isla de los Niños Perdidos donde moran gente como Isabel Tocino, Hernández Mancha, Roca Junyent, Gerardo Iglesias o Rosa Díez, que hoy estarán preparando la habitación de Pablo y desalojando de trastos de la de Arrimadas, a la que se espera pronto, mientras se distraen con los programas de Michael Portillo, otro cadáver de la política, reciclado en viajero de tren con su guía Brandshaw.

Y mientras los madrileños viven  la resaca del combate, a Gabilondo se le ve absorto por El Retiro recitando los versos del poeta:

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Román Rubio

Mayo 2021


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