jueves, 30 de noviembre de 2023

LEVÍTICO

 

LEVÍTICO



Andaba yo tonteando con la radio del coche cuando me paré en una emisora de RNE en el que la periodista de la tarde (cuyo nombre desconozco) estaba entrevistando a la que parecía ser su amiga, la escritora Carmen Posadas. En el transcurso de la conversación salió la pregunta tan manida como fatídica y difícil de responder de: “¿Cuál es el libro al que vuelves una y otra vez a lo largo de tu vida?” O, como reformuló la escritora, “¿qué libro te llevarías a una isla desierta?” Esta pregunta nos la hemos hecho alguna vez todos aquellos lectores amigos de fustigarnos con enigmas estériles y les diré que no tiene respuesta fácil, al menos por lo que a mí respecta. Partamos de la premisa de que Google (favorito de tantos) no vale; primero porque no es un libro y segundo porque ¿qué clase de isla deshabitada sería esa con acceso a internet?

Descartado el buscador universal habría que pensar en uno de los volúmenes que pueblan cualquier biblioteca, pues otra condición sería elegir un solo tomo, nada de la enciclopedia británica o trampas similares.

La escritora en cuestión eligió la Biblia, cosa muy notable, ya que en ella hay ficción, historia, biografías disparatadas, realismo mágico, crimen, poesía, ciencia-ficción (véase Apocalipsis), comedia (véase la borrachera de Noé) y otras muchas cosas sabrosas, de lectura a veces tediosa y a veces apasionante. Puro entretenimiento.

A continuación, la periodista invitó a la autora señalar un pasaje  reseñable y esta, tras un pequeño titubeo, señaló el Levítico, uno de los libros del Antiguo Testamento que configuran el Pentateuco o Torá judía (la Ley) y que viene a ser como una especie de manual litúrgico para  los hijos de la tribu de Leví, encargados de las funciones sacerdotales.

El libro es de lectura algo monótona por su detallismo, ya que describe minuciosamente las diversas clases de sacrificios y otras expiaciones, la consagración de los sacerdotes, la pureza e impureza de oficiantes y víctimas, medidas higiénicas y otras instrucciones y reglamentaciones impuestas por Yavhé y transmitidas por Moisés.

Veamos algunos ejemplos:

Sobre la pureza:

“De entre los animales, podéis comer todos los de pezuña hendida, casco partido y que rumian; pero no comeréis de los que solo rumian o solo tienen pezuña hendida. El camello, que rumia, pero que no tiene pezuña hendida, será inmundo para vosotros; el conejo, que rumia pero no tiene pezuña hendida, será inmundo para vosotros (…); el cerdo, que tiene la pezuña hendida y el casco partido, pero no rumia, será inmundo para vosotros. No comeréis sus carnes ni tocaréis su cadáver, pues son para vosotros animales impuros”.

También hay instrucciones sobre los animales de agua (solo se pueden comer aquellos con escamas; olvídense pues de comer mariscos o calamares), así como las aves y los insectos, condenando a la impureza de forma explícita a “animales cuadrúpedos que anden sobre la planta de sus pies” además de “el topo, el ratón y toda clase de lagartos, el musgaño, la tortuga, la salamandra, la escolopendra y el camaleón” y también cualquier reptil o animal que se arrastre por el suelo. No solo son inmundos para comer sino que el propio contacto casual con alguno es susceptible de purificación, cuyo procedimiento también detalla el libro, así como lo hace con la impureza del hombre (de su secreción seminal) y de la mujer:

“Si una mujer padece flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá siete días en su impureza, y quien la toque será impuro hasta la tarde. (…). Quien toque la cama de ella, lavará sus vestidos, se bañará en agua y será impuro hasta la tarde. (…). Si un hombre yace con ella, contraerá la impureza de la menstruación de ella y será impuro siete días; y todo lecho sobre el que él se acueste será impuro”. (…) Cuando ella sane de su flujo, contará siete días, después de los cuales será pura”.

Para con los leprosos —que deben ser diagnosticados por los sacerdotes—, entre otras cosas, dice el libro:

“El enfermo atacado por lepra llevará los vestidos desgarrados, dejará crecer sus cabellos sin cubrir su cabeza, se tapará las barbas e irá gritando: ¡Impuro, impuro! Y será impuro todo el tiempo en que haya llaga en él. Es impuro y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada”.

En las admoniciones de Moisés hay también instrucciones precisas acerca de la observancia del sábado, el año sabático (año séptimo en el que está prohibido por la ley divina cultivar la tierra) y del año jubilar: cada cincuenta años se produce esta circunstancia en la que todo judío tiene derecho a reclamar sus tierras y propiedades que vendiera por necesidad en el periodo anterior de manera gratuita. Asimismo, cualquier persona o familiar cercano puede rescatar la propiedad vendida pagando la parte de años de cosecha que restan hasta el año jubilar.

El anecdotario es extensísimo: habla de la propiedad, la beneficencia, la esclavitud y la libertad. Y si la observancia de las leyes no es la debida, llegamos al capítulo de las maldiciones:

“…, si detestáis mis preceptos, y no cumplís todos mis mandamientos, sino que rompéis mi alianza, entonces yo haré esto con vosotros: os enviaré el terror, la consunción y la fiebre, (…). Sembraréis en balde vuestra semilla, pues serán vuestros enemigos quienes se la comerán. Yo me volveré contra vosotros, y seréis derrotados por vuestros enemigos; os dominarán los que os odian y huiréis sin que nadie os persiga”.

Y añade: “Y a vosotros os dispersaré entre las naciones y desenvainaré la espada detrás de vosotros, mientras vuestro país será arrasado y vuestras ciudades reducidas a escombros”.

¿A que finalmente el Levítico no es tan aburrido? Lean, lean y verán. Si va a tener razón Carmen Posadas…

Román Rubio

Noviembre 2023.

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domingo, 12 de noviembre de 2023

LAWFARE

 

LAWFARE




Estos últimos días, por razones que no vienen al caso, he tenido la radio como compañera durante largas horas con el consiguiente bombardeo sobre la negociación del PSOE y Junts, que hoy parece ser ya hecho consumado. Como suele ser de costumbre, Isabel Díaz Ayuso intervino en el debate con la sandez más grande, diciendo que nos estaban metiendo una dictadura por la puerta de atrás. Creo haberle oído también que nos la metían doblada ¿? En fin, no sé a qué se refiere la Presidenta madrileña ni lo que teme que le metan (nos metan) por detrás sea doblado o erecto, pero desde luego no una dictadura. Las dictaduras no se basan en el diálogo ni en la discusión y negociación —aunque este venga forzado por la coyuntura— sino en la fuerza.  Pueden tachar el pacto como solución a los problemas o como traición, atentado a la unidad nacional, connivencia inútil de apaciguamiento o deslealtad con la patria y yo podré o no estar de acuerdo con todo o con parte (mi opinión personal carece de importancia). Solo les diré que tachar el asunto de eso que nos cuelan por detrás como “dictadura” es uno de esos argumentos infantiles e inmaduros a los que nos tiene acostumbrados tan perspicaz señora.

Lo que sí que se nos ha colado por la puerta trasera o delantera estos días es un nuevo anglicismo al que no hay periodista, político o tertuliano que se resista: lawfare. Muchos lo reconocerán por haberlo leído una y otra vez en los periódicos los últimos días, con el sentido de guerra jurídica, acoso judicial, instrumentalización de la justicia y similares;  otros, no sabrán exactamente de que estoy hablando, dadas las pintorescas variantes de pronunciación con la que la leen en los medios.

Para algunos, la palabra resulta enigmática al atribuirle al sufijo fare el significado convencional y conocido de “tarifa”, como en airfare (tarifa aérea), pero en realidad nada tiene que ver con eso. Lawfare (pronunciada  /ˈlɔːˌfɛə /, algo así como ‘loo-feer’, en español) es una voz compuesta al estilo de brunch (breakfast+lunch), workaholic o la española ofimática (oficina+informática), formada por las palabras law (ley) y warfare, que se refiere a todo lo concerniente al arte de la guerra y que a menudo incluye las armas usadas o los métodos con que se lucha (guerrilla, urbana, etc).

En inglés, la palabreja es un relativo neologismo que aparece en los años setenta del siglo pasado y se extiende en la primera década de este, que el diccionario define como “el uso de sistemas legales y de las instituciones para dañar o deslegitimizar a un oponente, o impedir a este el uso de sus derechos legales” o lo que el general americano Charles J. Dunlap definió con lógica militar como “el empleo de la ley como arma de guerra”.

Lo cierto es que yo no había detectado el uso de la palabra en la prensa española hasta que empezó la intricada aventura de Donald Trump con (o más bien contra) la justicia de su país, y los periodistas españoles tuvieron que traducir o interpretar innumerables artículos de la prensa anglosajona, por lo que en un momento decidieron que decir lawfare (aunque sea pronunciado de las maneras más estrafalarias) era mucho más elegante y preciso que “acoso judicial” o “legal”, algo que entendería cualquier ciudadano de a pie, privándose así de la posibilidad de destacar y señalarse como personas viajadas, cultas y cosmopolitas, algo de lo que la Presidenta de Madrid ni presume ni falta que le hace, que para eso tiene sus numerosos incondicionales que entienden mejor el lenguaje castizo.

Ya ven ustedes: una cosa es lo que se quiere contar y otra la manera de decirlo.

 

Román Rubio

Noviembre 2023


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jueves, 26 de octubre de 2023

LA SEÑORA CENSURA Y SUS PRIMAS

 

LA SEÑORA CENSURA Y SUS PRIMAS



Todos sabemos lo que significa el término cancelación. Un contrato se cancela cuando deja de tener efecto —normalmente por incumplimiento de alguna de las partes— y un vuelo se cancela cuando se anula su salida por alguna razón, a menudo por huelga de los controladores franceses. Hoy además es un neologismo venido, como todos, del inglés, que expresa el hecho de hacer boicot a alguna persona, por lo común alguien famoso (me resisto a usar el término “celebridad”),  con el propósito de arruinar su carrera profesional, su integridad moral y reputación social, por el hecho —real o infundado— de haber expresado este personaje (generalmente masculino, pero no siempre —vean sino el caso de J.K. Rowling—) ciertas opiniones o haber realizado conductas que se consideran inapropiadas y censurables por cierta moral extendida, conocida por sus detractores como culturawoke”.

Una prima de la cancelación es la censura. A esta la conocemos bien quienes tenemos algunos años: se trata de ejercer la mutilación o prohibición de obras literarias, cinematográficas, periodísticas o de de otra índole por criterios morales o ideológicos ejercidos normalmente por regímenes autoritarios y moralistas cuando no directamente dictatoriales. Aquí la sufrimos con el generalito gallego y hoy en día la “disfrutan” en todos los países regidos por la ley islámica y otros de diversa índole.

Esta prima tiene una media hermana mansita pero perversa, que es la autocensura. Se trata de la que se impone el propio escritor, músico o artista plástico para evitar transgredir los límites impuestos por la estricta moral dominante y eludir así los efectos de la cancelación, acabando diciendo lo que los demás quieren oír o leer en vez de lo que uno quiere decir o escribir, lo que parece repercutir positivamente en la difusión del artista pero acaba ocasionando su propia caída en la inanidad.

La tercera prima, con gran parecido físico con las anteriores se llama libre contratación, que quiere decir que una persona física  o jurídica puede contratar  a quien crea oportuno, contando, como es natural, con la conformidad del contratado. Es decir: yo puedo elegir al carpintero que quiero que me haga un trabajo y no a otro, y el Ayuntamiento de Valdeporrillos es libre de contratar a la Orquesta Maravillas y no a la Casablanca para las fiestas del pueblo atendiendo al presupuesto municipal y/o las preferencias personales del concejal, siempre y cuando la cantante de la Maravillas, de voz atiplada y desagradable, no sea su propia sobrina ni la hija del alcalde.

Y esto es lo que provoca gran confusión no solo en la gente de la calle sino en los medios, que tratan de censura a los ayuntamientos de derechas en los que suele intervenir Vox cuando contraprograman o cancelan eventos y actuaciones de claro sesgo progresista. Llámenle como quieran, pero censura es otra cosa. Estos ejercen (para bien o para mal) el derecho a la libre contratación. No cortan, prohíben ni mutilan la obra incómoda: simplemente, dejan de programarla.

En un pasado ya remoto, en la primera oleada derechista de nuestra democracia, con la llegada de Aznar al gobierno y de Zaplana y Rita Barberá a cierto país se produjo la “cancelación” de gentes como Ramoncín, Wyoming, Víctor Manuel o Ana Belén de todo evento organizado por cualquier estamento oficial para dar entrada a artistas como Bertín Osborne, Julio Iglesias, o Norma Duval, ¿o es que no recuerdan los tiempos en que esa señora ocupaba los escenarios de cualquier cabeza de partido de España en las fiestas patronales? Desaparecieron de los escenarios los grupos de músicos del Nilo y bandas de percusión bereber para dar cabida a tipos como Don Pío o Arévalo y acabar la fiesta con Francisco cantando el Himno Regional.

Han cambiado los aires y se avecinan tiempos no sé si malos, pero sí turbulentos para la lírica y Norma Duval acaba de sacar los vestidos de lentejuelas de la tintorería. Aviso.

 Román Rubio

Octubre 2023

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jueves, 19 de octubre de 2023

COWORKING

 

COWORKING


En los bajos de la casa donde vivo están terminando unas obras que han durado una eternidad y han transformado lo que era un gimnasio en algo difícil de determinar. No se trataba de una tienda ni un supermercado ni obedecía la estructura a lo que podía ser un estudio profesional. Las pesquisas de los vecinos han sido innumerables, y al final de la jugada se ha desvelado el misterio: están haciendo un coworking. En conversación con un vecino, medianamente indignado, salió el tema de la denominación del espacio. ¿Coworking?, se expresaba airoso el profesor de matemáticas jubilado; ¿es que no hay una palabra en español y hay que recurrir siempre al inglés?

Si Macondo era un lugar tan al albor de los tiempos que para designar las cosas había que señalarlas con el dedo, en nuestro tiempo parece que para el propósito haya que recurrir sí o sí al inglés, decía el instruido y medianamente indignado viejo profesor. ¿Y cómo llamarías tú a ese espacio?, dije yo, poniéndole en un pequeño aprieto, ya que —tal y como ocurre en política— es más fácil criticar y quejarse que proponer soluciones. Al final, tras un pequeño debate, llegamos a la conclusión consensuada de que la más precisa denominación en castellano sería “espacio de trabajo compartido”. Los dos convinimos, pues, que en este caso la precisión del inglés mejora el acto comunicativo en la medida de que es capaz de decir con una sola palabra lo que el español necesita cuatro: un ahorro de tiempo precioso para malgastar haciendo meditación, ver series o ir al psiquiatra, actividades favorecidas por un gran número de jubilados y otros civiles y militares. También acordamos que hay otras expresiones innecesarias y pedantes, como es el caso de “fake news” para decir, simple y llanamente “bulo”.

Tras el encuentro anduve yo meditando acerca de la ingente cantidad de vocablos ingleses que se van introduciendo en nuestra lengua al tiempo que pensaba en posibles alternativas castellanas.

Gentrificación: Una de las apariciones estrella llegada para quedarse. Viene del inglés gentry, que es esa clase social conocida como establishment, que compra los cottages y las granjas de la campiña inglesa y las reconvierten en casas de fin de semana para desaliento de los locales — entre otras vilezas—.

Bizarro/a: Hasta hace poco significaba valiente, esforzado. Últimamente se ha colado la acepción de raro o extravagante que tiene en inglés y en francés. Raramente dicen algunos hoy raro; prefieren decir bizarro. Bienvenida sea la palabra.

Real Estate: Absolutamente prescindible: Se puede decir en español propiedad inmobiliaria, bienes raíces, inmueble o finca, dependiendo del contexto.

Hub: (léase jab, no jub ni jiub): Otro invitado profuso. Puede ser eficaz en algunos contextos, como en el de un gran aeropuerto en el que se cambia los aviones, ya que en español deberíamos usar algo tan feo como “intercambiador” (prefiero hub de todas todas). En otros contextos está la alternativa “centro logístico” o “centro de operaciones” y para la mayoría de los casos tenemos la estupenda palabra “nodo”, que nada tiene que ver con aquel NoDo de mayúsculas y grises memorias en donde siempre ganaba el Real Madrid.

Cluster: (españolizado como clúster): Me parece una buena adquisición, al menos en su sentido más usado. La alternativa más exacta sería “conglomerado de empresas de ámbito o actividades comunes y generalmente ubicadas en la misma zona”. Olvídense: se quedarían sin aliento mientras otro dice lo mismo con dos sílabas.

Espóiler: Adaptación muy acertada del inglés spoiler, que se refiere a la revelación del desenlace de obras de ficción para lo que en el español no veo alternativa que no sea la fea “destripe”. Lo que muchos usuarios ignoran es que spoil en inglés tiene un campo semántico muy amplio que no se refiere solo al citado. Un spoiler es también el alerón de un coche y spoil puede significar también echar a perder la comida o mimar a un niño (spoiled child, niño mimado), etc.

Data, Big Data: Poco que comentar. Data significa datos, pues es el plural latino (e inglés) de datum. Perfectamente sustituible por “archivo de datos”.

Start Up: Otro invitado conspicuo. Significa empresa incipiente. Así de fácil.

Hacker: No veo una buena alternativa. Podría ser “pirata informático”, pero dado que el término pirata tiene connotaciones negativas y parece ser que hay hackers buenos, prefiero seguir usando la palabra inglesa.

Lease: Arrendamiento, alquiler. Aunque en nuestro país se emplea como alquiler con opción de compra.

He puesto solo las palabras que se me iban ocurriendo de camino a mi casa. Me asomé al coworking y la verdad es que tiene muy buena pinta. Espero y deseo que les vaya muy bien. Me molesta que tras grandes inversiones en trabajo y dinero los negocios vayan mal, aunque debo confesar que no hace mucho que aprendí una nueva expresión que viene usándose en la prensa anglosajona y que quizá se transmita a nuestra habla, al menos en las publicaciones petulantes: “Urban doom loop”, que se podría traducir como “espiral fatalista urbana”, que se viene dando en San Francisco y otras ciudades. El espacio de oficinas se va vaciando a efectos del trabajo en remoto, los ayuntamientos recaudan menos, dan menos servicios y las ciudades se empobrecen y deterioran. Que no ocurra esto. Casi prefiero la gentrificación.

 

Román Rubio

Octubre 2023


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jueves, 5 de octubre de 2023

QUÉ SERÁ, SERÁ.

 

QUÉ SERÁ, SERÁ


La primera vez que entré a un campo de fútbol en Inglaterra, allá por los lejanos ochenta, me sorprendió escuchar a la grada cantar a pleno pulmón la canción “Qué será, será”. Era en el campo del Sheffield Wednesday, entonces en segunda división, pero que por la grandeza de la competición de Copa —a la que han herido en este país tipos impresentables como Rubiales (y Piqué, ya que nos ponemos)—. Aquel año el Wednesday logró llegar a las semifinales de la competición eliminatoria y se midió con los grandes: Manchester United y Totenham entre otros, con lo que el estadio de Hillsborough (posteriormente célebre con la tragedia en la que murieron 97 seguidores del Liverpool) era una fiesta. Recuerdo estar de pie en la grada general sin tocar suelo cada vez que el equipo local sacaba un córner, empujado por la avalancha humana que quería ver la raya del campo.

Aprendí después que la famosa canción no se canta solo en el histórico Hillsborough, sino en muchos campos ingleses animando a sus equipos a pasar a la siguiente ronda: Que será, será, whatever will be, will be, we’re going to Wembley, que será, será, entonan las gargantas futboleras.

La canción en cuestión, de título Que Sera, Sera (Whatever Will Be, Will Be) fue compuesta por Jay Livngston y Ray Evans para la película de Hitchcock El hombre que sabía demasiado en 1956 y la popularizó Doris Day.

Creía yo que el origen de la frase era español y en castellano hasta que no hace mucho encontré que Dickens, en su novela Tiempos difíciles (Hard Times for These Times) la pone en boca de uno de sus personajes, pero en su grafía italiana Che sarà, sarà, especificando que ese era el lema de una familia aristocrática inglesa. En las estupendas notas a pie de página añadidas por el editor de su publicación española de Altaya, el catedrático Fernando Galván aclara que el lema fue adoptado por el primer Conde de Bedford en 1525, tras la batalla de Pavía, en la que tomó parte y la hizo gravar en su tumba en 1555. Ya ven; el mundo no fue inventado por Hitchcock y Doris Day, como podría pensarse. Como curiosidad añade el editor que uno de los descendientes directos del Conde de Bedford fue Lord John Russell, Primer Ministro del Reino Unido en dos ocasiones a mediados del siglo XIX y abuelo del filósofo y matemático Bertrand Russell.

Lo cierto es que la frase, tanto en español como en italiano, es una mala traducción del inglés, país en el que le dan un sentido de “lo que tenga que ser será”, sin carga interrogativa alguna; y así lo expresa Doris Day cuando le pregunta a su madre si de mayor será bella y rica y esta le contesta Que será será, o lo que es lo mismo: lo que sea sonará, será lo que Dios quiera y ya saldrá el sol por Antequera.

El mundo está lleno de malas traducciones; unas mejoran los mensajes originales y otras, por el contrario, los echan a perder y hasta los envenenan. Cuando se trata de Doris Day el mensaje suele salir mejorado. Habría que contratar a la novia de América  para poner la voz en ciertos pinganillos. Así, quizá mejore los mensajes, que intuyo engorrosos. Y recuerden: lo que sea sonará.

Román Rubio

Octubre 2023 

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jueves, 21 de septiembre de 2023

ESTÁS HECHO UN ADEFESIO

 

ESTÁS HECHO UN ADEFESIO



Eso mismo me dije ante el espejo tras leer en El País Semanal el artículo ¿Son los 60 los nuevos cuarenta? Las últimas técnicas a las que recurren los hombres en busca de su eterna juventud, que trata el tema de por qué los tipos como Clooney, Pitt, Banderas y otros transitan por los sesenta como si nada hubiera ocurrido en sus cuerpos tan favorecidos por los genes.

Tras analizar la imagen de Brad Pitt (59) en Wimbledon, el dermatólogo Juanma Revelles de la clínica Le Boost de Madrid se aventura a decir que el actor se vale de “Neuromoduladores en la frente y el entrecejo para suavizar arrugas y relajar la mirada; relleno en el pómulo para dar soporte a la cara, y en la mandíbula para definirla; radiofrecuencia para tensar la piel y disminuir el surco nasogeniano, y procedimientos para mejorar la textura y luminosidad de la piel”.

Este mismo doctor añade que en su clínica “la masculinización es el tratamiento más popular. Consiste en infiltrar rellenos en el tercio medio e inferior de la cara (pómulos, mentón y mandíbula) para conseguir un rostro cuadrado y anguloso. Lo segundo son los injertos capilares”.

Pero hay actuaciones mucho más radicales: Robert Nielsen (60 años), principal inversor de Altos Labs, empresa biotecnológica de San Francisco que investiga el rejuvenecimiento celular, intenta resetear sus células mediante la reprogramación epigenética y “sigue una intrincada rutina para conseguirlo: toma una docena de pastillas cada día, entre ellas rapamicina (un conocido antitumoral), metformina (un medicamento usado durante años por los diabéticos), y taurina (un nutriente natural cuya producción decae con los años). Dos veces al año se hace una resonancia magnética de cuerpo entero. Visita al dermatólogo cada tres meses y entrena a diario enfundado en un traje de estimulación eléctrica para construir masa muscular”.

Aún más extremo es el caso de Bryan Johnson, biohacker y multimillonario, que lleva invertidos dos millones de dólares en volver a los 18 años. Tiene 45 cumplidos. El proyecto Blueprint —así lo ha nombrado— estructura toda su vida: “se despierta a las cinco de la madrugada y su última comida del día es a las once de la mañana. En ese tiempo debe haber ingresado 2.250 calorías sin añadir sal ni azúcar. Se va a la cama a las 20.30. Entre medias toma 111 pastillas, incluyendo zinc, cúrcuma y litio. Entrena entre 45 y 60 minutos siete días a la semana y juega al tenis y baloncesto. Consume unos 32 kilos de verduras al mes, sobre todo brócoli, coliflor, ajo y jengibre. Entre sus comidas diarias incluye el batido Green Giant, con el que traga 54 suplementos, entre ellos la espermidina, la creatina y los péptidos de colágeno. Después de las cuatro de la tarde no consume bebidas ni ningún tipo de líquido para no perturbar su sueño y usa una máquina para fortalecer el suelo pélvico y prevenir la incontinencia urinaria. Recientemente contó en un podcast que usaba un cóctel de vitaminas y un casco de terapia con luz roja para estimular el cuero cabelludo.

Según dijo a la revista de negocios Bloomberg, usa siete cremas faciales cada día, se hace un peeling ácido semanal, se inyecta grasa en los pómulos y jamás toma el sol. Johnson se considera a sí mismo “un atleta profesional del rejuvenecimiento”.

Desmoralizado como estaba ante mi pusilanimidad me encontré con otro artículo en el mismo periódico que me levantó la moral. Se trata de La paradoja del abstemio, en el que se da cuenta que “los abstemios mueren antes y tienen más riesgos de sufrir depresión que los consumidores moderados de alcohol”. Eso sí que es una descarga a la moral. Y añade:

Un grupo de investigadores de la Universidad de Texas han publicado u estudio con el título de  “Late-Life Alcohol Compsunption and 20-Year Mortality” en el que tras observar durante 20 años a 1824 personas han concluido que el 69% de los abstemios han muerto de forma prematura, superando incluso a los alcohólicos que lo hicieron en un 60% y por supuesto a los consumidores moderados que lo hicieron en un modesto 41%.

La lectura me recordó que Franco, Hitler y Trump se declararon abstemios y decidí pertenecer a la banda de Winston Churchill, amante de vinos y licores. Acostumbraba el rey Jorge a recibir al Primer Ministro en la mesa a mediodía en su entrevista semanal, y como Sir Winston siempre se hacía descorchar una botella, el Rey le increpó: “Winston, no sé cómo eres capaz de beber ya a estas horas”, a lo que el orondo político respondió: “Con mucha práctica, Majestad, con mucha práctica”. Vivió noventa y tantos años siguiendo su relajada dieta.

Mira por donde va a resultar que quienes mostramos marcada debilidad de carácter para  con el alcohol y los hábitos de autocuidado vamos a tener razón, que de nosotros va a ser el reino de los cielos —como ya adelantó el de Nazaret— y que el cementerio está lleno de guapos y de abstemios.

Román Rubio

Septiembre 2023 


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sábado, 16 de septiembre de 2023

Y TRAS LA TEMPESTAD, LA CALMA

 

Y TRAS LA TEMPESTAD, LA CALMA


Eso dice el refrán, aunque no para Libia, ese país ingobernado o quizá ingobernable. En octubre de 2011 cayó preso por los rebeldes y ejecutado sin juicio Muamar el Gadafi, aquel dictador excéntrico que acostumbraba a llevar su jaima e instalarla en el jardín de las residencias oficiales que los estados ponían a su disposición en sus raras visitas al extranjero y que regaló un caballo de raza árabe de nombre Rayo del Líder al ínclito Aznar.

La urgencia por desprenderse de aquel individuo de opereta francesa era tan grande y los adeptos tan numerosos y vehementes —apoyados, eso sí, por los aviones de la OTAN— que nadie pareció pensar en lo que podría venir tras la tempestad. Hoy, muerto y enterrado el tirano de la jaima, que, aunque no lo parezca, nada tenía que ver con el periodista Jesús Quintero, la situación del país es la siguiente:

La parte oeste (en la que se encuentra Trípoli, la capital) está en manos del primer ministro Abdelhamid Dabeida, reconocido por la ONU y que cuenta con el apoyo de Turquía y Qatar, y la parte este del país (en donde ha ocurrido el desastre) está controlada por el mariscal Halifa Hafter, que no está reconocido por la comunidad internacional pero cuenta con el apoyo de Egipto, Rusia y Emiratos Árabes Unidos y que se presentó en 2019 con una columna de 300 vehículos apoyados por la fuerza aérea en las puertas de Trípoli, con el objeto de tomar la ciudad, cosa que no consiguió. A esta situación hay que añadir las decenas de milicias armadas y tribus fuera de control que se benefician del negocio de la migración a Europa.

Y es que una cosa es destruir y otra construir y la primera es mucho más romántica y mucho más sencilla que la segunda, algo que muchas personas no son capaces de asumir, deslumbrados por la nostalgia de aquellos momentos de solidaridad revolucionaria en la que “el pueblo”, ¿dios mío, ¿qué será eso? logra con su acción la caída del dictador y la restitución de la justicia.

En 1979 las masas progresistas de Europa recibían con alborozo la caída del Sha de Persia, Reza Pahleví, forzado a huir de Irán e iniciar un vía crucis tras serle negada por Giscard d’Estaing su acogida en Francia, país al que era bienvenido cuando acudía de salseo. Aquel  tirano, casado con la princesa Soraya primero y con Farah Diba después, al que estábamos acostumbrados a ver en el HOLA, ora esquiando en Saint Moritz, ora bañándose en las aguas de Saint-Tropez o Capri, representaba una ofensa al hospitalario y sufrido pueblo iraní.

Tras desprenderse de tan nefasto tirano habló el pueblo. ¿Y qué dijo? Mandó venir al ayatollah Jomeini (que este sí, vivía libremente en Francia, aunque sin bañarse en Saint Tropez) y se instauró en Irán la República Islámica. Las mujeres que iban a la universidad de Teherán con sus vestiditos occidentales y hasta con minifalda se vieron forzadas por los del turbante a taparse cuerpo y alma y se les conminó a aprender el Corán. Y por si fuera poco se comenzó una guerra contra sus vecinos los iraquíes que tenían la desfachatez de profesar las creencias suníes en su mayoría y no las chiíes, que como todo el mundo sabe, son las verdaderas. Esto es lo que ha venido diciendo el pueblo desde el 79, convirtiendo el país en un puntal del eje del mal, hasta que sus vecinos los afganos consiguieron con el enorme mérito talibán destronarles en el Olimpo y sus otros vecinos (los iraquíes) vieron el avispero revuelto tras la vergonzosa ejecución en la horca del sátrapa Sadam Hussein, culpable de muchas fechorías, pero no por las que se le ajustició: la posesión de armas de destrucción masiva y complicidad en la autoría del atentado a las Torres Gemelas.

¿Y qué me dicen de Egipto? La urgencia por derrocar al dictador Hosni Mubarak, en 2011, trajeron al primer —y único— jefe del estado  elegido democráticamente, Mohammed Morsi, fundador del Partido Libertad y Justicia, nacido en el seno de los Hermanos Musulmanes y hoy en prisión tras el golpe de estado del general Abdel Fatah al Sissi.

Al parecer, el pueblo habló y habló mal, no como querían los defensores del wishful thinking o apóstoles del mundo a su medida y credo; como también habló de mala manera el pueblo argelino, que vivió una guerra cruenta en los 90 por atreverse a votar islamista la única vez que se le dio la oportunidad de hacerlo.

A ver si va a tener razón Vargas Llosa con aquello de que “el pueblo” puede votar bien o mal. El pueblo español votó en el 78 y votó bien. El país aguantó acometidas serias por parte de terroristas por un lado y golpistas por otro. Algunos estamos siendo denostados por los Apóstoles del Nuevo Orden por creer (todavía) inocentemente que esto es así.  Veremos a ver qué traen los tiempos y que Alá, el Misericordioso, nos asista.

Román Rubio

Septiembre 2023 

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jueves, 7 de septiembre de 2023

NO ME HABLES POBRE

 

NO ME HABLES POBRE


Este verano, en una de las ocasiones en que salí de mi agujero y me mezclé con otros humanos, escuché como un joven le decía a un amigo en tono de broma: “A mí no me hables pobre”. Inquirí acerca de la expresión y se me informó que se trataba de un meme que circulaba entre jóvenes (supuestamente de cierto estatus socioeconómico) en el que se denostaba el habla de las clases bajas, sobre todo de la clase trabajadora, que no de los estratos marginales que siempre han gozado de cierto predicamento entre marqueses, marquesas y gentes de barrios finos

En español (o castellano, si así lo prefieren) la procedencia geográfica y de clase social queda bastante bien marcada en el lenguaje para oídos avezados, aunque no llega a la precisión quirúrgica del inglés en el que el nativo es capaz de adivinar lugar y estatus de cada hablante con solo abrir este la boca. Recuerden sino al Profesor Henry Higgins, el de Pigmalión, que se vanagloriaba de poder localizar la procedencia de cualquier inglés con una proximidad de seis millas, de dos si se trataba de Londres, y  que promete y consigue hacer de la vendedora de flores callejera Liza Doolitle una princesa en el plazo de seis meses con solo cambiar su acento.

A estos aspectos de la sociolingüística comencé a dar vueltas cuando leí la noticia en el periódico de la implementación del uso de las lenguas patrias —catalán, gallego y vasco— en el parlamento español, que tendrá obligatoriamente que introducir el pintoresco uso de pinganillos entre sus señorías y obligará a la costosa traducción de montañas de documentación a estos idiomas, al tiempo que me preguntaba en qué situación deja al ciudadano de mi tierra enzarzado en la estéril polémica de si habla catalán, valenciano, catalán-valenciano o valenciano-catalán, y si la palabra muchacho se debería de traducir como xiquet o como noi en los diarios de las sesiones.

Y es que, quienes creen que la lengua (que no el habla) sirve simplemente para comunicarse son unos ingenuos. En los años sesenta del siglo XX, los teóricos de la sociolingüística como William Labov y de la etnografía del habla como Dell Hymes argumentaron que el entendimiento entre las personas es solo la punta del iceberg de la comunicación humana, cosa que Bernard Shaw había descrito con brillantez en su Pigmalión 50 años antes (la literatura siempre por delante).

En el mismo diario encuentro otra noticia relacionada con el tema del lenguaje como afirmación de la nación, la arqueocultura y los fundamentos étnicos: La Presidenta de la República de la India, Droupadi Murmu, ha invitado por carta a los jefes de estado del G20 a una cena formal en Bahrat. Los mandatarios extranjeros se vieron en un aprieto. ¿En Barath?, ¿Qué demonios será eso?, ¿Se tratará de un restaurante, un hotel, un enclave playero? Hasta que sus embajadores les tuvieron que chivar que la cena era en Nueva Delhi, capital del país que conocemos como India. Para la mandataria india, que es, como el Primer Ministro Modi, hindú perteneciente al partido Bharatiya Janata (BJP), que tiene como seña de identidad las esencias hinduistas, el nombre India es un nombre foráneo que nació para designar al territorio más allá del río Indo, un vulgar topónimo, y no como Baraht, que es el apelativo en sánscrito con la que se conocía al territorio del actual Indostán en los textos arcaicos religiosos fundacionales.  ¿Y quién va a querer un vulgar topónimo cuando se puede usar el nombre con que designaban el país los mismísimos Shiva, Brahma y Vishnu? Hay, sin embargo, un pequeño problema: las deidades que dictaron el nombre en sus textos sagrados en aquella erudita lengua son dioses del hinduismo, por lo que excluyen de manera tácita y explícita a los más de 200 millones de musulmanes, los treintaitantos millones de cristianos, budistas y otros. Ya tenemos el lío armado.

Y hay quien cree que la lengua sirve solo para entenderse.

Román Rubio
Septiembre 2023







domingo, 3 de septiembre de 2023

THE GRAND TRUNK

 

THE GRAND TRUNK



Kim es un muchacho del arrabal de la ciudad de Lahore (hoy Pakistán) habituado a desenvolverse en los mercados y las calles de la ciudad en la época colonial del Raj británico, que vive la vida regalada y libre de perro callejero con desenfado, descaro y gran deleite. Acostumbra a hacer recados por la ciudad, muchos de ellos galantes, con lo que se ganaba el cariño, complicidad y protección de muchos haciéndose acreedor del apelativo de Amigo de todos (The Little Friend of All the World). Aunque criado en las calles de Lahore como un golfillo nativo, el chico guarda en un escapulario ciertos documentos que acreditan ser hijo de un soldado irlandés borrachín de apellido O’Hara y una mujer blanca muerta en el parto.

El rapaz conoce a un santón, lama tibetano, que se dirige a Benarés a la búsqueda mística de cierto río de la vida y espoleado por las ganas de conocer mundo y vivir aventuras, se decide a acompañarle y acepta el ofrecimiento de un tratante de caballos afgano para llevar un recado a cierto oficial inglés a una ciudad del camino, recado en clave que resultó ser información de alto interés para el ejército británico.

A partir de aquí la novela de Ruyard Kipling se convierte en una especie de road movie protagonizada por un pícaro y un viejo santón del Tibet por la ruta más atrayente que imaginarse pueda: el camino conocido como The Great Trunk (El Gran Tronco) que discurriría entre Kabul, en Afganistán, hasta la desembocadura del Ganges en el Golfo de Bengala, pasando por Islamabad, Lahore, Delhi, Benarés y Calcuta, trazado de más de dos mil años de antigüedad que cruza de este  a oeste la fértil llanura del Ganges, al sur de los Himalayas. Los ingleses, en la época imperial, construyeron el ferrocarril, con lo que una gran parte del tráfico de mercancías y pasajeros desapareció del camino que Kipling describe así, en boca de un viejo soldado:

“Santón, mira… el Gran Tronco, que es la espina dorsal de la India. En casi toda su longitud está como aquí, sombreada por cuatro hileras de árboles; la parte del centro, de suelo muy duro es la destinada al tráfico ligero. En tiempos anteriores al ferrocarril, los sahibs pasaban por aquí a centenares. Ahora solo viajan carros de labradores y gentes del país. A derecha e izquierda están las carreteras ordinarias para las cargas pesadas, grano y algodón y madera, bohosa, abonos y cueros.(…)

Por aquí pasan hombres de todas las castas y clases. ¡Mirad! Brahmanes y discípulos, prestamistas y caldereros, barberos y bunnias, peregrinos y alfareros…, todo el mundo yendo y viniendo. A  mí me hace el efecto de un río, del cual yo soy una rama arrojada a la orilla por la inundación”.

Y verdaderamente, la Gran Carretera Central llamada Gran Tronco constituye un espectáculo maravilloso. Se extiende en línea recta durante mil quinientas millas, soportando todo el intenso tráfico de la India, constituyendo un río de vida como no existe en ningún otro lugar del mundo”.

Así era la ruta indostánica en 1901, cuando la describió Kipling, y así había sido en los siglos anteriores. Hoy, la vía ha sido, en su mayor parte, transformada en carreteras de alta capacidad, con muchos tramos de doble calzada como las autopistas NH1, NH2 y NH91. Quienquiera que haya visitado la India habrá viajado por alguna de esas carreteras y se habrá encontrado con ese tráfico infernal de camiones con neumáticos lisos haciendo sonar incansablemente el claxon, llenos de lucecitas y una combustión tan deficiente que cada uno de ellos contamina más que todos los vehículos de Oslo juntos, autobuses atestados de gente dentro, colgados en las ventanillas y sentados en el techo, tuck-tucks, motocicletas de baja cilindrada con familias enteras, vacas y peregrinos, con esos descansos en la orilla en que los camioneros comen a discreción un revuelto de verduras con curry por unas pocas rupias y se refrescan en depósitos de agua semidesnudos en el aparcamiento. Ha cambiado algo el paisaje, pero la Carretera Central de la India sigue pareciendo el Río de la Vida, empequeñeciendo y trivializando otras vías mucho más modestas como la tan celebrada y sosa Ruta 66 norteamericana.

Kim es un pícaro, pero tiene una característica que lo diferencia de los pícaros de la novela española. A diferencia del Buscón o del Lazarillo no resulta ser un perro apaleado y de fondo amargo. Más bien es un tipo desenfadado y alegre que se las apaña para salir airoso siempre y  ser dichoso en su condición de golfillo, a lo que se resiste a renunciar a pesar de las oportunidades que le brinda su origen europeo y a lo que finalmente accede.

De este modo se vio el rapaz cuando llegó a la ciudad de Lucknow:

“Kim se vio a sí mismo solo, vestido como un discípulo de monje tibetano, equipado con un cuenco de mendigar, un rosario y un revólver Colt: “Un rey no podría ser más rico”. Se compró unos dulces en una hoja a modo de plato del puesto de un hindú, y se los comió con gran deleite hasta que un policía le ordenó que se levantara de las escaleras”.

Esa es la actitud.

Román Rubio

Septiembre 2023

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